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04-06-2021.- Grecia, Si Dios me lo permite

 


Me resulta raro volver asentarme delante del teclado para escribir algo, tras de casi 10 meses

Ha sido un invierno muy duro para mí y no las tengo todas de conmigo que pueda tenga las fuerzas necesarias para manejar el barco.

Pulsar una tecla es una sensación rara de dolor y hormigueo difícil de soportar. Pero será por ello que me esfuerzo y me obligo para salir del abatimiento en que las circunstancias me han metido.

Así que este blog se puede estar transformando de cuando daba noticias de la primera vez que visitaba un puerto a la que pueda ser la última.



Si me hacéis la típica pregunta de “¿cómo estás?” os contestaré que bien salvo que tengáis un par de horas para entrar en detalles. Y como sé que hoy nadie le dedica un par de horas a nadie, y menos a un “blogger” pues no voy a hablar de mi salud descendiendo a lo particular.

Por hacer conexión con la última entrada publicada, después de llegar a España y sumergirnos en la nueva ola, que tanto habíamos alimentado solo me quedaba el gran cabreo con Iberia, que tras anularme dos viajes de ida y otro de vuelta, nadie da la cara en ningún sitio para explicarme como utilizo los famosos bonos, haciéndome responsable de que un presunto correo haya ido a la carpeta de spa´n y del que no dan copia.

Pero es algo que empiezo a ver como muy lejano.

Conviene releer la entrada de 13 de junio del año pasado, donde preconizaba darle un voto de confianza a Pedro Sánchez para capitanear la nave y que aprovechéis la oportunidad para insultarme en todos los idiomas por mi candidez.

El barco aún no ha zozobrado, pero a nadie se le escapa que hace agua, incluso hay quien dice que lo están abandonando las ratas.

Se ha cumplido el refrán de donde no hay cabeza, todo se vuelve rabo. Cada autonomía caminando a su aire y sacando pecho de si cuentan bien o mal los muertos. Sin capitán, sin brújula y sin norte el barco está dejando de funcionar a pesar de los buenos marineros que intentan hacer bien sus maniobras. Maniobras que nadie les ha dicho que deban hacer y tras de las que se esconden esos ruines personajes que todos hemos visto en casi todas las tripulaciones. Y por si alguien no lo pilla no pongamos que hablo de Madrid, sino de enfermeros dejándose la vida, dando palos de ciego por falta de medios, directrices y recompensa entre los que se camuflan los liberados sindicales, que han conseguido una subvención para sus jubilaciones (las de ellos).

Entrar en un centro de salud, sea Atención Primaria o un Gran Hospital Privado es entrar en el caos. El médico de cabecera, que te curaba con solo tomarte el pulso, ha quedado reducido a un número de teléfono donde te recetan el componente que te ha recomendado un amigo o has buscado en Internet. Y los recepcionistas han pasado a ser los dueños del cotarro, que incluso boicotean los sistemas de citas online, pues ven peligrar en ello sus puestos de trabajo.

¿Y qué le dices tú a un médico que cobra cuatro chavos por ver un paciente cada seis minutos y no le queda otra alternativa que irse a la privada a un paciente cada siete minutos y en lucha sin cuartel contra presuntos médicos de dudosas titulaciones procedentes de algunas islas del caribe donde no hay ni escuelas?

Todo esto transmite un rumor que encierra un “sálvese el que pueda” que no me gusta nada, pues suena como un “Dies Irae”



Solo recuerdo una situación similar en mi barco, cuando un tremendo chubasco me pilló en la travesía de Sicilia a Cerdeña en plena noche, con olas tremendas que venían de todos los lados y rachas que pasaban de cero a cuarenta nudos. Ni las cosas mejor estibadas aguantaban en su sitio y corrían de un lado al otro por el interior del barco. Jordi, mi amigo y único tripulante hacía su primera travesía, amarrado por mí a un winche. Cada vez que coronábamos una cresta tratábamos de situar los pesqueros que teníamos alrededor para no ir hacia ellos. Mantener un descuartelar nos hizo navegar en todos los rumbos posibles mientras casi agradecíamos cuando caían sobre nosotros cataratas de agua u hielo, pues era el único momento en que disminuía un poco el viento. Con los relámpagos tratábamos de situar los pesqueros y seguramente sus aparejos, mientras repasaba mentalmente cada pieza del barco para trataba de prever cual sería la primera en romper.

Hoy tengo esa misma sensación de agobio, pero me falta lo que a Jordi le daba la calma. La creencia de que estaba bajo el mando de un buen marino que sabía lo que hacía y las ordenes que debía de dar. Y lo que a mí me la daba. La certeza de que mis decisiones no serían cuestionadas y se cumplirían sin discusión.

Pero los oficiales de este barco, -y no solo Pedro Sanchez, que no sabe dónde está el norte- no han estado a la altura, no han respetado la cadena de mando y hasta la oposición ha olvidado que también son parte del gobierno de la nave.

Hace ya casi 50 años, tras de los excesos de un joven en el Torremolinos los inicios de los 70, y que no voy a detallar, la que luego fue madre de mis hijos, al verme llegar a la puerta de la iglesia asturiana donde nos casaron, decidió que nuestro viaje nupcial debería de ser a bañarme en las aguas de Lourdes a ver si un milagro hacía carrera de mi deteriorado aspecto.

Hoy, cincuenta años mas tarde, emprendo el viaje hacia las aguas del Egeo con la esperanza de encontrar un respiro para mi cuerpo y un poco de paz para mi espíritu.



El Momento no puede ser mas oportuno, que mi casa queda a mitad de camino entre Ceuta y Granada, no sea que el rey moro inicie la reconquista, que el oficial de Exteriores le ha dado la excusa perfecta para ello, dando asilo al enemigo público de Marruecos que además es el responsable de los ametrallamientos de cientos de pescadores canarios 





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